Los apologistas del siglo segundo eran  grandes  hombres  de un respetable nivel intelectual, pero el cristianismo necesita ahora los servicios de mentes y personalidades más desarrolladas, que habían de encontrarse en el ambiente cultural de Alejandría, la capital del mundo helénico. Ahí  se habían encontrado y confrontado el Oriente y el Occidente desde que Alejandro Magno fundara la ciudad. Allí, en tiempos de Jesús y Pablo, el filósofo judío Filón había tratado de demostrar sus numerosas obras escritas en griego que su religión hebrea podía ser expuesta y entendida en los términos de la filosofía griega, justificándola así ante el tribunal de la razón. Por ello, había ya precedentes cuando dos siglos más tarde se enfrentaron las tradiciones helenista y cristiana en esta encrucijada de la historia. Hasta entonces había vivido en el mismo ambiente en un estado de hostilidad no declarada, y sólo muy de vez en cuando se habían cambiado entre ellas conceptos o argumentos. Este intercambio había de llevarse a cabo ahora en una escala mayor y en un nivel más alto, como resulta evidente los más famosos ejemplos de esa gran controversia entre eruditos griegos y cristianos durante el siglo tercero, el Contra Celsum de Orígenes y la gran obra del neoplatónico Porfirio, Contra los cristianos. Pero estos ataques dan por supuesto el surgimiento, en el campo cristiano, de una verdadera erudición cristiana y de una teología filosófica forma del espíritu cristiano que no podía haberse conformado antes de que la fe cristiana y la tradición filosófica griega encarnada en un único individuo, por ejemplo en Clemente de Alejandría y en Orígenes su mejor discípulo. Fue esta unión de ambos mundos en una persona la que produjo la síntesis muy compleja del pensamiento griego y cristiano”.[1]

[1] Werner Jaeger. 1965. Cristianismo Primitvo y Paedeia Griega, pág 55-56.